reflexiones

La última página

Hace poco, mi querida Patricia hablaba en su blog de lo mucho que cuesta cerrar una historia. Le doy la razón por completo, aunque nuestros motivos sean muy diferentes: ella piensa que es duro decir adiós a un mundo que has invertido mucho tiempo en crear y a unos personajes con los que te has acabado encariñando; yo, en cambio, soy un culo inquieto que necesita cambiar constantemente de entorno, así que tiendo a largarme sin despedirme como es debido. Dicho de otra manera, los finales son lo que menos me gusta escribir porque, para cuando llego a ese punto, ya estoy aburrida de hablar de las peripecias de la misma gente, así que a menudo —siempre hay excepciones, no lo hago todo completamente mal siempre— corto demasiado rápido y en un momento extraño que deja a mis lectores preguntándose qué acaba de pasar y por qué o dónde está «el cacho que falta».

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¿Por qué me ocurre esto? Supongo que, además de mis ganas de abandonar un proyecto para poder empezar el siguiente y el que las escritoras de brújula muchas veces nos metemos en fregaos de los que no sabemos salir, está la presión —excesiva, para mi gusto— por finiquitar algo «como mandan los santos cánones y las modas de siempre». Aprovecho para decir que eso es algo que me fastidia mucho. ¿No se nos ha repetido hasta la saciedad que lo que importa no es el destino, sino el viaje? Seré yo la rara, pero a mí lo que me gusta es «lo de en medio». Dame espectáculo. Dame sorpresas. Es probable que recuerde más una escena bonita, un giro impactante o un diálogo divertido.

Esto, a su vez, me recuerda a otra entrada de mi sis literaria. Ella ya dio su opinión sobre qué tipo de finales son mejores, así que era cuestión de tiempo que yo también acabase hablando de este tema. ¿Qué es mejor: un final feliz o uno amargo? Ya respondí a esta pregunta, pero me hace ilusión explayarme un poco más.

Lo confieso: si tengo que elegir, prefiero los finales felices. Crecí con las películas de Disney y, en el fondo, conservo mucho de mi espíritu infantil y juvenil, así que me gusta que triunfe el bien. Que la poli pille al criminal. Que el superhéroe salve su ciudad. Que el grupo rebelde pegue una soberana patada en el trasero al tirano. Que la parejita adorable acabe junta. Que el héroe mate al monstruo. Que la familia desperdigada se reencuentre.

¿Y por qué? Porque la vida es una mierda. Puede que así dicho suene muy dramático, pero todes lo hemos pensado o dicho alguna vez. Sí, tú también. No mientas. Tal vez fuera en plena adolescencia, cuando hasta lo más mínimo nos parece un drama insuperable, o tal vez fuera hace cuatro días en un momento de intensa frustración o dolor. Como decía Sansa Stark —no recuerdo ahora si la versión televisiva, la del libro o ambas—, en la realidad ya ganan demasiadas veces los monstruos. Los héroes y superhéroes no son infalibles y se cuentan con los dedos de una mano. Para colmo, no existen las hadas madrinas ni las pociones mágicas para resolver nuestros problemas cuando la situación parece desesperada.

Precisamente por eso son tan importantes para mí los desenlaces optimistas. Estoy muy de acuerdo con esa cita que decía algo así como que el propósito de los cuentos no es tanto advertir a les niñes de que existen los dragones, sino recordarles que se les puede vencer. Que elles pueden vencer. Decid lo que queráis, pero a mí una historia en la que todo es sufrimiento y no hay una luz al final del túnel me quita las ganas de seguir respirando. A mí y a cualquiera. ¿Qué sentido tiene luchar, esforzarse o siquiera intentar algo si sabes que no va a servir para nada, que después de la miseria solo hay más miseria? Puede que esa no sea la intención de quien haya inventado la historia, pero es la enseñanza que sacamos inconscientemente de ella.

Por eso no he visto La tumba de las luciérnagas. Y me niego a verla.

¡Ojo! Con esto no quiero decir que todo tenga que ser de color de rosas. Tiene que haber obstáculos, peligros, enemigos…, pero que, después de todo eso, encontremos una olla de oro al otro lado del arcoíris. Bueno, o de chocolate. Lo que sea, pero que todo el trabajo sirva para algo. Tal vez me digáis que «la vida no funciona así», pero precisamente de eso se trata: necesito algo que me haga creer que el mundo puede no ser una mierda de vez en cuando.

También he de repetir que lo de los finales felices es «si me dan a elegir». Para mí, la resolución ideal es aquella que sorprende y satisface, que tenga un poco de contraste. En otras palabras: lo mío son los finales agridulces, aquellos que, en esencia, son esperanzadores y gratificantes, pero tienen un punto triste. Que la poli pille al criminal, pero haya daños colaterales. Que el superhéroe salve su ciudad, pero muera en el intento o tenga que renunciar a sus superpoderes. Que el grupo rebelde pegue una soberana patada en el trasero al tirano, pero no todes sobrevivan a la revolución. Que la parejita adorable acabe junta y feliz, aunque sepan que allá donde vayan siempre habrá alguien que no vea su amor con buenos ojos. Que el héroe mate al monstruo, pero pierda un brazo o a su leal acompañante. Que la familia desperdigada se reencuentre, pero algunos miembros hayan cambiado tanto que su relación ya no sea igual.

O, como decía uno de mis primeros profesores de escritura, mejor aún: esa clase de finales en los que el personaje no encuentra lo que buscaba inicialmente, pero sí algo igual de satisfactorio o más. Por ejemplo, que el héroe no mate al monstruo, sino que descubra que este no es tan malo y se hagan amigos. O que la niña perdida no recupere a su familia, pero que conozca a personas que acaben convirtiéndose en su nueva familia.

Ahora que acabamos de cerrar ese capítulo llamado 2020, me parece un momento tan oportuno como cualquier otro para tratar este tema. Creo que, tal y como están las cosas, todes necesitamos una victoria más que nunca. Aunque sea una parcial.

6 comentarios en “La última página”

  1. A mí me gusta que los finales sean coherentes. En toda historia vas dejando pistas, aunque no quieras, de hacia donde se encamina tu relato. No me gusta cuando se los sacan de la manga, sean felices o no, o cuando notas que en el último momento se ha arrepentido de lo que habían pensado (o alguien les ha dicho que así no se puede publicar porque patatas) y dan un giro que está metido con calzador. En definitiva, como dices, que sean satisfactorios. Y, de elegir, también prefiero los agridulces, más tirando a dulce que agrio. Que se parezcan un poco a la vida, donde no consigues todo lo que quieres muchas veces y otras encuentras cosas que no buscabas en principio, pero que te hacen feliz. Y al lector le dejan calentito el corazón.

    Estupenda e interesante entrada.
    Gracias por la mención.
    Un abrazo.

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    1. Está claro que buscamos lo mismo: agridulce con un poco más de lo segundo y corazones calentitos. Lo de la coherencia también es muy cierto. Por ejemplo, me chocaría mucho que Canción de Hielo y Fuego acabase en plan película de Disney, con uno de los “héroes” en el Trono de Hierro y todos los “malos” muertos. Pero tampoco me gusta que, después de haberle hecho pasar por mil putadas a tu personaje, luego se muera sin haber encontrado algo mínimamente bueno, como suele pasar mucho en los cuentos o películas orientales.
      Otro abrazo para ti.

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  2. Me gustan los finales felices. Claro que quiero que el protagonista consiga algo bueno, es solo que las historias con finales amargos me llaman más la atención. Ganar perdiendo un brazo ya me parece amargo, eh? Es como el primer capítulo de Full Metal, como el final de Buffy. Pero al final, lo que más me gusta es que sea una historia que me enganche, y que el final sea acorde

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    1. Para mí ese tipo de cosas (como derrotar al malo, pero perder un brazo) no son amargas, sino agridulces, porque hay una victoria aunque implique ciertas pérdidas. Necesito ese puntito de felicidad, de satisfacción. Lo de enganchar es importante, pero yo reconozco que lo de engancharme de verdad me ha pasado muy pocas veces.

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  3. No puedo estar más de acuerdo, la vida es ya de por sí complicada y llena de amarguras como para tener que chupar problemas y miedos al final de un libro. Yo quiero finales felices más bien tirando a agridulces. Que el prota pierda el brazo y a su amigo, pero se lleve a la chica y salve al pueblo del dragón. Que el camino haya sido duro pero haya merecido la pena el viaje.

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