reflexiones

¿Por qué leemos? (III): Leer para aprender

¡Ah, la lectura! Para unos, diversión y refugio; para otros, en el mejor de los casos, un mal necesario. La entrada de hoy estará relacionada de algún modo con lo segundo. Y es que no a todo el mundo le gusta aprender. O, mejor dicho, no a todo el mundo le gusta aprender de forma consciente; no podemos dejar de lado que el aprendizaje es una parte fundamental de la existencia de todos los seres vivos, lo cual es aún más cierto en el caso de los seres humanos.

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Durante toda nuestra escolarización, leer es el principal método de absorción de conocimientos: nos pasamos años leyendo libros de texto de todas las materias. Internet, fuente de información por excelencia de nuestra era, se basa sobre todo en la comunicación escrita. A la vista de estos hechos, podemos afirmar que la alfabetización es algo vital para nosotros: quien es incapaz de reconocer las letras y de comprender el mensaje que estas transmiten, queda aislado del mundo. Esto no era así hace medio siglo; por poner un ejemplo, mi abuela trabajó durante muchos años como sirvienta o limpiando oficinas. ¿Qué necesidad tenía ella de aprender a leer y escribir? (Y, sin embargo, aunque cometa faltas de ortografía al etiquetar los botes de la cocina, sabe hacerlo. De hecho, las sopas de letras son uno de sus pasatiempos favoritos, y recuerdo haberla visto un verano enganchada a Diez negritos de Agatha Christie). Hoy en día, en cambio, aquí en España necesitas tener al menos el graduado escolar para cualquier trabajo. Ya lo explicaba cierto profesor en un vídeo dedicado a sus alumnos: si ni siquiera sabes lo que pone en el contrato que estás firmando, puedes estarte comprometiendo a aguantar toda clase de abusos. Recordemos, por ejemplo, a los pobres ancianos engatusados por los bancos no hace mucho tiempo.

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Así pues, es indiscutible que tener al menos nociones básicas de lectura te abre muchas puertas y es una de las más obvias llaves del conocimiento. Si sabes leer, tu vida se ve enriquecida: puedes desde seguir recetas de cocina —y no poner sal en vez de azúcar al pastel por no entender la etiqueta— hasta hacer funcionar cualquier aparato electrónico. Pero yo, en realidad, no he venido aquí a hablar de estudiar libros de texto ni de lo ininteligibles que son los textos jurídicos o los manuales de instrucciones. Creo que hasta aquí estamos todos de acuerdo, pero la pregunta es: ¿leer ficción sirve para aprender?

Aquí me gustaría hacer referencia a un artículo de la gran M. J. Ceruti (cuyo blog es muy recomendable, por cierto) llamado «Leer no te hace inteligente». Debo admitir que estoy de acuerdo con muchas cosas de las que dice. Es verdad que el pensar que alguien que lee —en especial alguien que lee clásicos— es automáticamente más inteligente encierra un cierto clasismo, y también que hay muchas habilidades que no se desarrollan leyendo, como puedan ser las aptitudes físicas o manuales. No obstante, también discrepo en otras. Ella considera que una novela no puede hacer que comprendamos mejor a los demás y su lenguaje corporal; yo creo que ese no es el caso de los géneros o historias en los que las relaciones y los sentimientos son lo que prima. Por ejemplo, en las acotaciones de los diálogos se hacen muchas referencias a los gestos de los personajes y, de tanto encontrarlas, empezamos a asociarles un significado: arrugar la nariz tiene que ver con molestia o desagrado, fruncir el ceño refleja enfado o confusión, alzar las cejas muestra sorpresa e incredulidad… Yo soy de esas personas que constantemente relacionan cosas que le ocurren en su día a día con la obra de ficción con la que está obsesionada que más la ha impactado en ese momento («Mi amiga ha dicho justo la misma frase que Percy Weasley en Harry Potter y la cámara secreta; eso es que oculta algo»), lo cual también es una forma de trasladar lo que nos aportan los libros a nuestra realidad.

Todo esto me lleva a una de las principales tesis de Ceruti: leer SÍ es útil y SÍ sirve para aprender, pero no mucho más que otros pasatiempos como puedan ser los juegos o la televisión. Yo misma soy de las que defienden que se puede aprender de TODO: escuchar música y cantar en otros idiomas me ayudó a mejorarlos y amarlos; no me habría interesado jamás por algunas recetas de cocina si no me hubiera dado por imitar a Bree Van De Kamp de Desperate Housewives; que me aspen si el hacer mis pinitos en el teatro no fue una de las cosas que me ayudó a obtener tan buena nota en cierta prueba oral que tuve el mes pasado… Y como esos, se me ocurren infinidad de ejemplos, relacionados con libros o no, por lo que coincido con ella al cien por cien. Como máximo, lo único que podría rebatir de esa afirmación es que —como nos enseñan a todos los que hemos estudiado algo relacionado con la educación— existen diferentes tipos de aprendices. Por ejemplo, para alguien del tipo auditivo (es decir, alguien que memoriza mejor lo que escucha) le servirá mucho más la música o la televisión, mientras que alguien más visual entenderá mejor algo si lo lee o lo ve en esquemas e ilustraciones. Por lo tanto, leer sí puede ser más efectivo para una persona del segundo tipo.

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Lo que admiraba yo a estas dos en su momento…

Y ahora, por fin dejo en paz a M. J. para responder a la pregunta que me ha llevado a escribir este artículo: ¿qué podemos aprender de la ficción? Como ya he tocado el tema de aplicaciones a la vida real o a nuestras relaciones, me centraré en otros aspectos.

Ortografía, gramática y expresión

Con toda probabilidad, esto es lo más evidente. A base de ver ciertas estructuras sintácticas o ciertas palabras, aprendemos cómo se usan, qué significan —a veces, sin necesidad de tener el diccionario al lado— y a escribirlas correctamente. También nos ayuda a interiorizar el uso de ciertos signos de puntuación. Hay quien podría considerar que esto «no sirve para nada», ya que pocos emplean la escritura a diario más que para comunicarse con sus amigos a través de las redes sociales, en cuyo caso nadie te va a crucificar por poner algo con b en vez de con v —siempre puedes echarle la culpa al teclado o al autocorrector— o por colocar comas de manera incorrecta. No obstante, las faltas causan muy mala impresión en determinados contextos: imagina que tienes que enviar una carta de presentación por e-mail para un posible trabajo o que decides crear una página web para tu negocio y tienes que redactar un apartado de «Sobre nosotros».

Por otro lado, aunque escribir no tuviera ninguna relevancia para nuestro trabajo u ocio, hay otro detalle que se debe tener en cuenta: lo que leemos no solo condiciona cómo escribimos, sino también cómo hablamos. Cuando veo a los futbolistas que salen en la tele, a los que les cuesta horrores contestar a preguntas sencillas y que se expresan a base de muletillas y titubeos, pienso que me sería imposible mantener una conversación con ellos. Sé que esto me hará sonar como una elitista de mierda y que habrá quien me diga que cómo oso criticar a los héroes del mundo moderno, pero ¿qué le voy a hacer? Me gusta charlar.

Creatividad y técnicas

Este punto interesará sobre todo a los que escribimos. Habréis oído millones de veces que la lectura es muy importante y que beber de Los Grandes™ es muy necesario. Y aunque yo misma soy de las que ponen los ojos en blanco al oír tan trillado consejo y hasta escribí un artículo despotricando de él (que algún día rescataré), no dejo de reconocer que tiene su parte de verdad. A escribir —como a tocar un instrumento, bailar, hablar una lengua o dibujar— se aprende practicando. Practicando y mostrando lo que haces a otras personas para que puedan aconsejarte cómo mejorar.

Sin embargo, estudiar a los que llegaron antes que tú también aporta mucho: dicen que hay que conocer lo que ya se ha hecho para poder innovar y para familiarizarse con las convenciones de los distintos géneros, estilos, etc. Además, como ya comenté en el epígrafe anterior, leer a otros autores, sean de la época que sean, amplía nuestro vocabulario y nos enseña nuevas expresiones o maneras de contar una historia. Gracias a nuestras lecturas, nos fijamos en recursos y técnicas que nos inspiran: la forma de caracterizar a los personajes de Fitzgerald en El gran Gatsby, el monólogo interior que emplea el protagonista de The Reluctant Fundamentalist (Mohsin Hamid) para narrar sus vivencias, el foreshadowing de Martin, las descripciones hiperdetalladas de Lovecraft… Incluso sin darnos cuenta, en ocasiones tratamos de imitar estas características o se nos pegan, y eso nos ayuda a evolucionar e ir creando nuestro propio estilo.

Contenidos y curiosidades

En este apartado seré muy breve porque ya he hablado bastante de los contenidos. Todo lo que leemos es información: unas veces, esta se queda almacenada en algún rincón de nuestro cerebro y sale a relucir en los momentos más insospechados —¡que levante la mano quien haya acertado una pregunta del Trivial sin tener ni idea de por qué conocía la respuesta!—; otras veces, simplemente la desechamos. En un tercer caso, cuando algo nos llama la atención lo suficiente, se nos queda grabado y pasa enseguida a formar parte de nuestro particular archivo.

Las historias ambientadas en otros tiempos y lugares, asimismo, nos pueden aportar muchos datos sobre ellos. Supongo que esto, en parte, es uno de los motivos por los que se hace tanto hincapié en la enseñanza con los clásicos de la literatura de cada lengua: quizás lo que nos cuentan no sea emocionante para nosotros, pero nos permite fijarnos en costumbres o ideas del momento; no olvidemos que una de las principales funciones de esas asignaturas es aprender sobre el contexto de las obras y el significado que tuvieron entonces.

Idiomas

Soy consciente de que esto no se aplicará a muchos de quienes me leen, sino solamente a unos pocos pedantes frikis. Igual que hay mucho detractor del doblaje suelto que solo acepta las películas en versión original, hay quien no soporta la literatura traducida de otros idiomas. Quiero dejar claro que yo no soy una de ellos: como alguien que estudió Traducción, admiro mucho la labor de los que habrían sido mis compañeros de profesión si yo hubiera decidido seguir ese camino. Sé lo complicado que es trasladar a otra habla ciertos giros o juegos de palabras, y más si tienen connotaciones culturales más enrevesadas.

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Esta cara se les debió de quedar a los pobres traductores cuando supieron lo de Hodor.

Reconozco que la mayoría de los libros que leo me llegan de la mano de estos mediadores interculturales, pero de cuando en cuando me da por probar lo otro. Leer en idiomas extranjeros es para mí una forma de mantener el contacto con ellos y, al igual que en mi lengua materna, mejorar mi gramática y vocabulario. Sin embargo, no recomendaría a nadie leer con el diccionario al lado, pues además de entorpecer la lectura y arruinar gran parte de la diversión, puede ser mucho más instructivo tratar de deducir los significados por el contexto. Otro detalle interesante al leer novelas más antiguas es comprobar cómo ha evolucionado el lenguaje desde entonces… pero, lo dicho, esto son cosas que solo nos atraen a los frikis lingüísticos.

Inspiración para la vida

No, esta vez no me estoy refiriendo a lo que comentaba en los primeros párrafos de adquirir nociones de lenguaje no verbal o de reconocer situaciones de la vida cotidiana, aunque puede que tenga algo que ver. Más bien, de lo que hablo es de cambios en nuestras propias actitudes o maneras de ver las cosas. Esto es lo que pretenden hacer los libros de autoayuda y que, en mi opinión, muchas veces pueden lograr de manera más eficiente las novelas de cualquier otro género. Como bien se puede leer en el artículo sobre el humor que ya cité en otra entrada, el entretenimiento permite normalizar determinadas situaciones al presentárnoslas de forma muy sutil. No es ninguna casualidad que los miembros del colectivo LGBT pidan a gritos representación más positiva de personas como ellos en el cine y la literatura: tal vez si todo el mundo se acostumbra a ver a dos hombres o dos mujeres manteniendo una relación sana en pantalla sin que esta sea el tema principal, comenzará a entender que no hay nada de antinatural en que dos personas del mismo género se enamoren.

Os pondré otro ejemplo más personal para que quede más claro: durante toda mi infancia y adolescencia fui lo que mis compañeros consideraban una empollona (sorprendente, ¿verdad?) Entre el resto de estudiantes y la mayoría de productos para adolescentes llegados de Estados Unidos, pueden llegar a hacerte sentir mal por ello, aunque tú sabes que estudiar es tu obligación, y hacerlo bien, una ventaja importante. Entonces, por allá por 2002 (¿O era 2003? ¿O antes?) me topé con la señorita Hermione Granger. Si hasta alguien como ella, que en ocasiones puede resultar más repelente de lo que lo era yo, puede llegar a tener amigos, convertirse en una heroína y hacer un buen uso de sus habilidades sin pedir perdón jamás por su talento, ¿por qué no iba a poder yo? Y me consta que no he sido la única que ha aprendido a no avergonzarse de ser una alumna modelo gracias a ella.

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Y con esto termino otro episodio monstruosamente largo de «¿Por qué leemos?» Las conclusiones y otros puntos que me he dejado en el tintero aparecerán en algún momento de la semana que viene si los hados del destino lo permiten.

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2 comentarios en “¿Por qué leemos? (III): Leer para aprender”

  1. Mira, una sola cosa te voy a decir: me has citado llamándome por mi apellido y eso es Lo Puto Dream, así que ya me puedo morir tranquila XDDDD

    ¡No recordaba que habías estudiado traducción! Es una carrera que me he planteado estudiar algún día para reorientar mi vida profesional (si en algún momento las circunstancias económicas lo permiten XD); debe de ser interesantísimo ir a vueltas con el lenguaje, pelearse con expresiones intraducibles y tratar de mantener el mensaje usando dos idiomas que no son exactamente simétricos. Lo de “Hodor” debe de haber sido una pesadilla XD. Seguro que eso te ha dado mayor perspectiva a la hora de consumir literatura de ficción, como se insinúa un poco aquí.

    Siempre es un placer leerte. ¡Nos vemos pronto!

    Le gusta a 1 persona

    1. Jajajaja, no pensaba que te fuera a gustar tanto lo de “como dijo Ceruti” xD Sea como sea, me alegra mucho que hayas disfrutado de este artículo a pesar de que me he pasado la mitad de él contestándote. Creo que Traducción te gustaría, aunque a los que tiramos más por el lado artístico a veces nos agobia un poco lo cuadriculado que se vuelve todo en ocasiones.
      Una cosa que te suele ocurrir cuando has estudiado Traducción es lo siguiente: lees un libro traducido o ves una película doblada y te topas con una frase que no tiene sentido, así que te pones a darle vueltas a qué podía decir la original (y a veces hasta aciertas). Otra muy común es oír un chiste en la original y ponerte a darle vueltas a cómo lo traducirías tú o incluso buscar la versión en español para ver cómo lo hicieron. Sí, creo que entiendo por qué nos llaman frikis…

      Le gusta a 1 persona

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